miércoles 24 de junio de 2009
lunes 15 de junio de 2009
Carlos Jiménez Arribas: entre halcones y vencejos
- "Las ventas de este año –nos dice El País de hoy– se han incrementado un 10% sobre una cantidad fantasma, ya que la organización no facilita cifras oficiales. En un acto de honestidad no bien comprendido al principio, Teodoro Sacristán decidió suprimir esos datos cuando, hace cinco años, se hizo cargo de la dirección de la feria madrileña. Su propio antecesor en el cargo había eliminado ya la polémica lista de autores que más libros firmaban. Algunos escritores se sentían minusvalorados y amenazaron con no volver al Paseo de Coches si no se suprimían las listas. Ante la imposibilidad de contar con datos fiables, así se hizo."
Entonces, ¿qué sucede de verdad en la feria? ¿Cuántos libros se venden? ¿Es cierto que los bestsellers salen al mercado con medio millón de copias frente a las mil quinientas de las pequeñas editoriales? ¿Es el autor sueco Stieg Larsson -he preguntado al revisor cómo se llama el autor de Millenium- ese 10% más de ventas con respecto al año anterior que dicen los periódicos y las televisiones, como si repitieran un comunicado, todas y todos el mismo, pero que, sin embargo, no puede ser escrutado en profundidad porque se trata de un «recuento fantasma», una cifra que vive, y vivirá, en la sombra de la organización?
Puestos a imaginar, a mentir y a exagerar, ese 10% de más podría ser interpretado como un síntoma de que la crisis mundial de ZP, jamás diría Rajoy, o el barco donde ZP nos ha metido a todos los seres humanos, comenzara a salir a flote. No es una promesa, ya que para promesas están las que hizo el PP -siempre sgún los periódicos-, que prometen trabajo a los inmigrantes a cambio de que aplaudan a sus líderes en los mítines. No es de extrañar, pues vivimos en un país que valora positivamente, vistos los resultados en las urnas, a los políticos corruptos, o que tienen problemas con la justicia, léase Camps, léase Fabra. Al menos en esto también están de acuerdo algunos periódicos, no todos: la corrupción económica en este país, al menos la corrupción económica de la derecha, da más votos que quita.
(Fotografía: Carlos Jiménez Arribas, autor de Viaje al ojo de un caballo, en Mongolia
Hablando de mercado, un libro se vende y allí va la gente, da igual que el libro sea bueno o sea malo. Basta que en la cola haya dos o tres lectores –o falsos lectores– para que a éstos se una el cuarto lector y a éste se una el quinto lector y a éste se una el sexto lector, y así hasta el último lector, diría Piglia. Algunas editoriales, en efecto, las que saben mucho del negocio y hacen trampa, por cierto, pagan a los-profesionales-de-las-colas para que se sitúen en fila india con el libro de marras bajo el sobaco y así atraer multitudes. Es una cuestión de marketing que ya lo practicaron The Beatles al comprar las copias de su primer sencillo y así entrar en las listas de ventas. Pruébalo si te atreves, escritor de éxito, porque ¿cuál toca esta vez? ¿El de Ildefonso Falcones? ¿El de Ruiz Zafón? ¿El de Antonio Gala? ¿El de J. J. Millás? ¿El de Almudena Grandes? Estos son solamente ejemplos más o menos inventados, claro está, pero reconoceréis que una cola sin gente no es una cola, lo mismo que la Conga de Jalisco no sería la Conga de Jalisco si solamente fuese una persona la que bailara alrededor de las mesas, aunque esta persona llevara la corbata atada en la frente y bailara con la pulcritud y eficacia que todo baile merece, es decir, haciendo el bobo.
No es por criticar, y ya termino, sino por llamar la atención de un fenómeno editorial que ha marcado la diferencia, según los periódicos y las televisiones, este año en la feria. Al menos este fin de semana. Se trata de un autor, Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966), que ha demostrado valor y coraje al enseñarnos que los libros que no venden libros –Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia (Artemisa Ediciones), por ejemplo (un libro que habla de su experiencia en el Parque Nacional de Hustai, a unos cien kilómetros al suroeste de Ulan Bator, observando al último caballo salvaje del planeta)– también existen. Este no es un motivo para llamarlos ni perdedores ni fracasados. Sería como decir, ahora que está de moda, que el jugador de fútbol que gana cien mil euros al año es un perdedor frente al que gana nueve millones solo porque el que gana millones introduce la palma de su mano entre el sofá y la braga, si la llevara o llevase, de Paris Hilton, y sale en las revistas.
También hay sitio para aquellos autores que prefieren que sean los lectores, el boca a boca, el que funcione. Me hace gracia, por ejemplo, oír hablar de boca a boca a los escritores de bestsellers, sobre todo cuando ves que su libro está en todos cada uno de los escaparates: frente a los halcones y Falcones que habitan las alturas, los Jiménez y vencejos que planean a ras del suelo. Frente a los bestsellers, los worstsellers. Frente al fracaso que parte del éxito, el éxito que parte del fracaso editorial. Esta es una forma de vida muy defendible y respetable.
En estas cosas de los libros, tenía razón Pío Baroja: prefiero ser perro vagabundo que perro de jauría.
jueves 11 de junio de 2009
domingo 7 de junio de 2009
Erling Jepsen: "Los lectores son más inteligentes que lo que el escritor cree"
ERLING JEPSEN. Sí, claro, por supuesto. Date cuenta, como dices, de que llevaba veinticinco años escribiendo obras de teatro en Dinamarca, aproximadamente desde 1977 con el radio-teatro Kiks med kniv og gaffel [Galletas con cuchillo y tenedor]. Entonces, era muy respetado por la crítica pero nada conocido por el público, aunque ya hubiera publicado con anterioridad, en 1999, la novela Ingen grund til overdramatisering [No hay razón para el exceso de dramatización], así que cuando apareció, El arte de llorar a coro fue mi campanazo de salida hacia el gran público. De pronto, comenzó a conocerme todo el mundo, como si no hubiera existido antes, cuando, como digo, llevaba casi treinta años en el mundo literario, pero no en la novela, sino en el teatro. La novela es un género de masas, mientras que el teatro no.
(Fotografía: Erling Jepsen, nacido en 1956 en Gram, Sønderjylland).
MDP. ¿Tanto éxito tuvo la novela en Dinamarca?
EJ. No exagero. De hecho, cuando apareció y supe por mi editorial o por los periódicos que estaba siendo muy leída, pensé que era mejor negar que estaba basada en hechos reales, pero solo si alguien me preguntaba por su contenido, personajes, relaciones, etc. Me obligué a mí mismo a responderles con un rotundo «¡No!». Para mí se trataba de una novela, por lo tanto, estábamos hablando de ficción, y esta debía ser la única discusión posible: la novela había sido creada de la nada y había partido de mi imaginación. No tenía nada que ver con la realidad. No obstante, pasado el tiempo, fueron saliendo a la luz historias en torno a mi vida privada y de mi pasado familiar que demostraron que la novela, como algunos lectores suponían, sí estaba basada en hechos reales. Los lectores son más inteligentes que lo que el escritor cree. Entonces pensé que mi mundo privado iba a colapsarse porque mi familia iba a dejarme de lado al verse descubierta y desnuda en el libro, por haber sacado yo los trapos sucios sin su consentimiento, sin haberles consultado absolutamente nada, y yo me sentiría muy solo. Sin embargo, no fue así, y también pasado el tiempo, aunque ellos se enfadaran, poco a poco fueron aceptando la verdad del libro.
Por otra parte, y esto tiene que ver con él éxito de la novela, por el hecho de que hubiera sucedido de verdad el público se acercó mucho más a El arte de llorar a coro. Hoy estoy seguro de que su éxito se debe mucho más a esto, sin duda, a que sea un relato que sucedió como lo cuento y no una fábula inventada. Esta novela hizo que yo fuera más conocido que antes. Incluso Peter Schønau Fogs llegó a llevarla al cine en 2006 con bastante fortuna en el Festival de Cine de San Sebastián, por cierto.
MDP. Aunque la literatura danesa cuenta con una larga tradición de fabuladores y escritores fantásticos, desde Andersen a Høeg, pasando por Karen Blixen, o aquellos de tradición modernista, como Sørensen, Rifbjerg, Malinovski o Seeberg, El arte de llorar a coro, sin embargo, tiene un componente realista muy superior al fantástico. De hecho, lo fantástico no tiene presencia en la novela. ¿Cree que éste es un motivo para pensar que Erling Jepsen se ha alejado de cierta tradición danesa en beneficio de lo que sucede en la calle?
EJ. Me parece interesante tu pregunta, pero yo no me veo como un escritor realista. En teatro soy más partidario del teatro del absurdo de Beckett o Ionesco que del teatro de Bertolt Brecht o Henrik Ibsen. Mi «mundo» literario se sitúa en un lugar intermedio entre el realismo y lo grotesco. En mi época teatral siempre se me ha visto como un tipo divertido porque escribía comedias, pero ahora, cuando escribo lo hago de una forma cómica pero con temas que no son los corrientes de la comedia. Los enfoco desde otro punto de vista: una forma de mirar las cosas que no son ni fantásticas ni realistas ni grotescas, sino absurdas. Lo que hago fundamentalmente es usar el humor negro. En la novela, por ejemplo, hay un narrador en primera persona, un niño llamado Allan que posee una moral particular que lo guía y que trata en todo momento de convencer al lector con su lógica vital particular y diferente. En la tragicomedia en la que vive, hay muertos, pero Allan carece de remordimientos, no así la hermana, que ya ha comprendido muchas, demasiadas cosas. Quizá la inocencia del niño sea el motor que arrastra la historia por esa tragicomedia absurda que es El arte de llorar a coro. Hay lectores que me dicen: «Erling, éste es el libro más divertido que he leído en mi vida». Sin embargo, otros, más bien al contrario, insisten en la idea de que es el libro más triste que han leído porque en la novela, como en la vida de Allan, hay tanto tristeza como alegría.
MDP. ¿Y de qué autor danés se siente más cerca? ¿De Peter Høeg?
EJ. Bueno, por edad, los dos estaríamos en el mismo barco. Sin embargo, mientras que Peter Høeg se centra más en las tramas, yo, por mi pasado como dramaturgo, me centro más en los diálogos. Éstas, por lo tanto, son dos formas totalmente diferentes de abordar los libros. Así que no me siento cerca de él. Yo estoy loco y él no (risas).
(Imagen: Portada de El arte de llorar coro, Lengua de Trapo, 2009. Traducción de Blanca rtiz Ostalé.)
MDP. ¿Y a la hora de buscar influencias?
EJ. En Dinamarca (al menos yo lo veo) se ve mucho cine de Pedro Almodóvar. Me baso mucho en su cine a la hora de escribir, en su ironía y sus paradojas, en los conflictos sociales que él establece. Creo que es un director que mezcla, como yo, lo absurdo y lo trágico con una base realista. Este es mi caso, volviendo a lo anterior. Pero no solo me interesa el cine de Almodóvar, sino también el teatro de Lorca. El título de El arte de llorar a coro, de hecho, está sacado de una acotación de una obra dramática suya. En ella se dice que hay un coro de niños que llora. En Dinamarca esta obra fue representada y, como no puedes hacer aparecer sobre el escenario un coro de niños llorando porque estamos muy influidos por la línea teatral de Ibsen, el director suprimió este coro. Me quedé aterrorizado por que hubieran eliminado del espectáculo teatral esta acotación tan importante. Yo había leído el texto y eché en falta aquella acotación en la representación de la obra de Lorca. Pero el título del libro está inspirado no solo por Lorca, sino también porque me gusta llevar a la novela aquellas cosas que, por tradición, me son vetadas en el teatro.
MDP. Se trata de una novela autobiográfica, a pesar de que diga al principio del libro, mediante una nota aclaratoria, que todos los lugares, personajes y sucesos son ficticios. Sin embargo, cuando leo un libro o veo una película y me avisan de que se trata de una ficción, o de que está basado en hechos reales, me siento engañado. ¿Por qué colocó esta nota aclaratoria en el libro cuando sabía que era mentira?
EJ. Por problemas con la ley. La editorial, aunque fuera mentira, me aconsejó ponerlo ahí porque el libro podía ofender a muchos de los que allí aparecen retratados, familia, amigos y vecinos. Ellos podían verse identificados y mal parados, desnudos, como he dicho antes.
(Imagen: Portada de la novela después de ser llevada al cine.)
MDP. Pero ellos iban a darse cuenta de todo…
EJ. Claro, porque lo que hago en este libro es utilizar inocentemente todos los nombres reales de quienes en él aparecen, pero cambiándolos de lugar; es decir, en el pueblo hay un policía, pero no se llama Krüger, como en el libro, sino de otra manera. También hay un comerciante, la competencia de mi padre, pero no se llama Fisk, ni los vecinos se llaman Budde. Sin embargo, sí que existieron Krüger, Fisk y Budde. En la realidad cumplían otras funciones. Hice esto no solo para confundirlos, sino para asegurarme de que se entendía que se trataba de una novela donde pueden manipularse ciertas cosas como los nombres de las personas que en ella aparecen. Ellos saben quiénes son, pero no se llaman así. Krüger sigue vivo. Incluso su hijo es policía, también el hijo del hijo de Krüger. Mientras la escribía me preguntaba qué cara pondrían si no solo aparecieran en la novela como eran, sino como se llamaban. No pretendía escribir una crónica periodística, informativa, donde todo es tal cual se lee, sino divertirme un poco más que todo esto y confundirlos… Pero, claro, ellos no se confundían (risas).
MDP. La novela toca temas como el de la familia, el incesto, el capitalismo emergente, el campo y la ciudad, la relación entre padres e hijos, la forma como el niño quiere salvar al padre de la "vergüenza". Pero ¿de qué vergüenza estamos hablando?
EJ. Interesante pregunta. Yo creo que hay tres cosas aquí que tienen que ver con la vergüenza: por un lado, está el tema del incesto, algo prohibido, social y judicialmente. Se sabe, pero no se dice; por otro lado, el padre es un fracaso como comerciante, como empresario, en un momento en que es necesario modificar los planteamientos socioeconómicos de tu propio negocio para poder sobrevivir. Date cuenta de que esto sucede en los años sesenta cuando llegan a Dinamarca las grandes cadenas de supermercado y el padre de Allan no sabe transformar su negocio de barrio en algo más grande, cosa que Frisk, la competencia, sí lo sabe hacer; finalmente, en tercer lugar está esa especie de enfermedad mental que el padre tiene, «nervios psíquicos». No quieren que eso lo sepa la gente. Allan, el niño, quiere que el padre esté feliz porque cuando está feliz es un buen padre y esto es lo único que quiere y desea. El problema es que para que el padre sea feliz hay que tapar todas esas vergüenzas: el incesto, la incapacidad laboral y la locura. Sin embargo, estos tres puntos son un «secreto colectivo». El padre es una persona aislada por los vecinos, aislada porque, aunque no lo digan, todos conocen los tres problemas: el incesto, el fracaso y la locura. Los vecinos lo esconden porque les da vergüenza y no se dice porque precisamente se trata de un «secreto colectivo». Si alguien lo destapara y fuera a la policía con ello, esta preguntaría, por ejemplo: desde cuándo lo sabe, quién más lo sabe y por qué no ha venido antes. Toda la comunidad de vecinos lo sabe, pero lo calla. Toda la comunidad sería descubierta, y por eso es un secreto que trata de ocultar y el que lo saque a la luz, aunque nadie está de acuerdo con ello, sería un traidor a la vista de los vecinos. Si se destapara sería apartado y rechazado. En Alemania, después de la II Guerra Mundial, los propios alemanes que habían vivido en el régimen nazi decían que no sabían nada. Hoy día, tal y como está en Europa el maltrato de género, sería como si en nuestra sociedad a una mujer que trabaja en una empresa le pegara su marido, pero su marido es un cliente importante de la empresa, uno de los más importante. Nadie diría nada, todo el mundo callaría, y cuanto más tiempo pasara, más difícil sería destapar el problema, hasta que fuera demasiado tarde, y, seguramente, la mujer moriría asesinada.
(Fotografía: Otra vez Erling Jepsen, pero ahora ya no en blanco y negro.)
MDP. Antes ha mencionado que la novela fue llevada al cine en 2006 por Peter Schønau Fog. En el film, su alter ego, Allan, está interpretado por un niño de gran parecido físico con usted, Jannik Lorenzen. ¿Hizo el director esto a propósito?
EJ. La verdad es que yo no participé del proceso de grabación de la cinta, pero sí, en efecto, hay mucho de mí en Allan-Jannik Lorenzen. Como curiosidad, te diré que al ver sus últimos preparativos, comprobé que las gafas que llevaba el niño eran las mismas que yo llevaba con doce años y que el dilecto del niño era el mío (de la zona sur de Jutlandia), un dialecto danés muy influido por el alemán, me vi muy reflejado en Jannik, como si fuera yo de pequeño. Muchas personas que vieron la película me dijeron después que aquel niño era yo.
MDP. El niño es el personaje más importante de la novela. También me parece un personaje magistralmente construido: el más lúcido y el más inocente al mismo tiempo. Establece relaciones muy finas, como comparar a dos superhéroes salvadores, el arcángel San Gabriel y Tarzán...; pero también es inocente al creer que cuando una persona está «quemada en el trabajo» es porque la han tirado dentro de un horno. ¿Cree que, aparte de que sea una «historia real», esta construcción tan rica del niño es el éxito de la novela?
EJ. La complejidad de su construcción está en la base de lo que sucede entre su padre y su hermana Sanne. Allan no entiende lo que sucede. No quiere que su padre duerma con su hermana, pero al mismo tiempo es consciente de que para la felicidad del padre y, por tanto, de la familia, es bueno que esto sea así. No tiene ni la menor idea de qué es el incesto, pero sí es consciente de que no es bueno para la hermana, porque ella no es feliz. Entonces cuando Sanne se niega a dormir más con su padre, Allan se pregunta por qué no le coge a él para dormir y así seguir siendo todos felices. ¡Aterrador! El padre, sin embargo, no siente interés por los niños, sino por las niñas. Y ahí está el conflicto, porque lo que Allan no sabe es que su padre duerme con su hermana no por una cuestión de amor o cariño paterno-filial, que es lo que él quiere dar a su padre, sino por sexo.
Lo que yo intenté con la novela fue expresar la defensa de un padre por parte de un niño de once años. Sin embargo, hoy día, con una experiencia del mundo distinta de la que tenía cuando era un niño, ese padre ya no puede ser defendido, digamos, se ha caído el mito del padre como un Dios, y ni siquiera el niño que fue ama al padre en su recuerdo. No puede haber amor porque se ha enterado de todo. El niño sabe, y la falta de conciencia es lo que hacía no saber. Ahora sabe porque tiene conciencia, comprende lo que está bien y lo que está mal. Yo espero que quien lea este libro en España comprenda que la idea básica es que el padre no puede ser defendido. Allan ha aprendido «algo», y el niño del principio de la obra no es el mismo niño del final. Nunca podría serlo.
(Imagen: más novela: Kunsten at græde i Kor en su edición danesa.)
MDP. ¿Podría insistir más en esa idea? ¿Qué es lo que aprende el niño exactamente aparte de que su padre no es Dios?
JP. No sé. La respuesta quizá fuera un gran silencio. Ante casos de pederastia no hay respuesta que valga, explicaciones de por qué se hacen las cosas… Hay incomprensión por mi parte. Aquel niño sigue sin entender las razones que le llevaron al padre a dormir con su hija por cuestiones de sexo. ¿Cómo voy a saber yo qué hacer después de tanto tiempo? Lo que aprende el niño en la novela es que su padre no es Dios, ni tampoco tiene por qué serlo, ¿no? Un caso reciente de pederastia en la zona sur de Jutlandia hizo que me preguntaran –porque sucede en el mismo lugar que la novela– si yo era consciente de que esto sucedía asiduamente allí. Yo no lo sé, pero el caso es que las dos víctimas, dos niñas de once y diez años, defendieron a su padre en el juicio. De nuevo, como en la novela, su padre era un Dios intocable e incuestionable. Y esto no debe ser así. Los niños son seres desabrigados frente a la voracidad y violencia de los mayores.
MDP. Por lo tanto, ¿ésta sería la transformación más importante del personaje de la novela, una transformación que sale del libro y que cobra importancia en la realidad presente del autor?
EJ. Sí, claro, hay una transformación del niño en mí, en mi realidad, más allá de la novela. En la película de Schønau Fog, por ejemplo, la transformación se aprecia mucho más, pero por «necesidad fílmica». En la novela, sin embargo, es muy difícil aceptar que el padre sea un monstruo. Yo sigo queriendo a mi padre a pesar de todo esto, pero no es Dios. Cuando leo el periódico y veo alguna noticia de este tipo sobre monstruos que han violado a sus hijas y que además han tenido hijos de ellas, se me ponen los pelos de punta. Pero los monstruos, querámoslo o no, son como nosotros, compran el pan todos los días, se cepillan los dientes, se visten, van al banco, se presentan a las elecciones, dirigen países, les afecta la crisis económica... Los seres humanos, en realidad, no somos tan diferentes unos de otros.
sábado 6 de junio de 2009
viernes 1 de mayo de 2009
Me pagaron por ir de público
Esto me hizo recordar que una vez, en 2005, junto con otros escritorzuelos y jovenzanos, fui pagado como público. Un gran trabajo, te lo juro. ¡Me dieron 50 eurazos! Y todo por ver cómo el expectante alcalde de Alcalá de Henares interrumpía en el salón de actos seguido por las cámaras de Tele Madrid (La memoria falla; quizá fuese Tele Alcalá Simplemente) en el mismo instante en que el intelectual Juan Manuel de Prada nos defraudaba vestido de chándal de algodón azul marino (¡Te lo juro otra vez!) aportando pruebas evidentes de que su lectura del Quijote era, en realidad, un mejunje entre las lecturas del Quijote que hicieran Nabokov y Martín de Riquer. Fue mi primer encontronazo con la vaca sagrada de la literatura fascista de este país. El segundo, y más importante, fue en Barco de Ávila, tres meses después. Aunque digan que segundas partes nunca fueron buenas, otro día os cuento ambas, sobre todo la segunda. Hubo ostias y todo, pero volátiles.
Lo sorprendente del caso no es que nos pagaran por aplaudir, cosa que yo no hice, sino que nos pagaran por ir de público, ¿dinero público contante y sonante de las arcas culturales? Ni idea, pero nos pagaron para que la cultura de aquel año tuviera público y el alcalde del PP pudiera entrar en el habitáculo de marras (después de que sus guardaespaldas penetraran en el recinto para ver que, efectivamente, todos cuantos allí estábamos éramos jóvenes con ínfulas de escritor untados con nuestro billete de 50 €) e interrumpir la soberbia elocución del niño viejo (puer-senex en latín) de la literatura, de gran oratoria pero vacío de sentido. A estas alturas, descolgado de aquel laborioso trabajo, desconozco si cuantos estuvieron en la entrega de la medalla cervantina al grandísimo narrador Juan Marsé fueron untados como lo fuimos nosotros el año de la celebración del cuarto centenario de la publicación del Quijote, visto cómo ‘las gastan’ en Alcalá de Henares (¿Lo pillas?).
Como en cualquier trabajo, sería una lástima trabajar de público por la patilla.

domingo 19 de abril de 2009
Cómo resolver un crimen
Efectivamente, había decidido que la compra no debía ser nada libresca (se trataba de un lavavajillas), pero al no abrir la tienda de electrodomésticos hasta más tarde (mi ansiedad no me deja estar quieto o esperar paseando) me acerqué a la tienda de libros, que sí estaba abierta. En realidad la tienda de electrodomésticos no estaba cerrada, sino que al saber yo que para llegar a ver los modelos de lavavajillas (soy un comprador compulsivo) tenía que pasar por las mesas de novedades (más o menos literarias), no pude resistir detenerme unos minutos para ver el tipo de literatura al peso que estaba sobre las mesas. La verdad sea dicha (si es que existe y es palabra de Dios), pasar los dedos por las portadas satinadas, con sus fajas doradas, rojillas o verdes flema, donde se leen mensajes del tipo «Edición no censurada», «Décimo sexta edición revisada por el autor» (fallecido treinta años antes, por cierto), «Edición no revisada nunca», «Edición superrevisada», «Edición archirrevisada», «Edición blablabla», es algo que me estremece y transporta a lugares difíciles de precisar; a esto se llama dejar la huella dactilar impresa; incluso en algunos libros recién traídos del almacén puede descubrirse fácilmente un pelo de señor o señora, prueba que hoy día serviría para descubrir el ADN. Por no hablar de los mensajitos que dedican los editores para ver si así el libro se vende algo más, 'argumentos de autoridad' (se llaman) compuestos de frases de escritores más o menos famosos que, en muchos casos, en lugar de acertar en la ilustración de la obra, confunden a los lectores y hacen que estos se esperen algo que luego no encuentran. Es sabido que estos argumentos, llamados de autoridad porque se considera autoridad versada en el asunto a la persona que firma la frase y que, por tanto, debería de funcionar como confirmación de la confianza que los lectores depositamos en lectores anteriores, sobre todo si estos son expertos en la materia. Así, me he encontrado novelas en la mesas de novedades recomendadas por cocineros, pintores, políticos, payasos, todo tipo de oficios expertos, claro está, en literatura de masas. Este siempre resulta un tema apasionante.Sin más demora, uno de los libros que más llamaron mi atención tiene una portada cubierta totalmente por una fotografía en blanco y negro, la fachada de un edificio de Barcelona (el título no deja más pistas), y rodeada no de una, sino de dos fajas amarillas. En la primera faja se lee Rafael Jiménez, Barcelona negra; en la segunda, Los casos más apasionantes de la policía Nacional contados por: Santiago Tarín, Andreu Martín… Prólogo de Luis del Olmo. El autor, Rafael Jiménez, compilador y antólogo, es un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, Diplomado Superior en Criminología y Diplomado en Ciencias Policiales, todo un fenómeno de la investigación criminal llamado Rafael Jiménez. El libro, Barcelona negra (Planeta, 2009), reúne diez casos policiales interesantísimos (de los muchos que habrá), algunos de ellos famosos y garbados en nuestra retina y memoria, como el secuestro de Quini, el asesino en serie del parking del Putxet, el atentado de Hipercor o el asesinato de Ronny Tapies. Esta faja no miente: son casos apasionantes, aunque no sé si los más apasionantes, algo que suena a «La serie más vista en los Estados Unidos» o «La serie de mayor éxito en los Estados Unidos», que siempre son todas, pero sí estoy seguro de que la pasión que pone la policía a la hora de descubrir un crimen es apasionante, y esto se transmite en el libro.
Para interesados en este tipo de literatura, la Escuela de Escritura Hotel Kafka (ver banner de la columna izquierda) inicia este miércoles un Seminario sobre True Crime (podéis pinchar en la imagen), con la participación de criminólogos, abogados, forenses, etc., que pueden ayudarnos a componer y resolver nuestro crimen literario, desde que aparece el cadáver hasta que el culpable duerme entre rejas.
lunes 13 de abril de 2009
Los colores del blanco
No obstante, suele decirse que alguien da en el blanco cuando acierta o adivina alguna cosa. También hay una expresión de guante blanco con la que nos referimos a quien es elegante, cortés y respetuoso. Por ejemplo, el ladrón de guante blanco tiene un grado de inteligencia mayor que el asesino que deja su carné de identidad en el lugar del crimen. Sin ir más lejos esta noche no he dormido nada -la he pasado en blanco- porque el catálogo que el poeta catalán en castellano Santiago Montobbio me hizo llegar el mes pasado es una pequeña joya, un mirlo blanco, digamos, al que hay que prestar atención, no solo por las mujeres desnudas que en él aparecen, sino a las sombras, curvas y tejidos; o, lo que es lo mismo, un libro de gran valor artístico tanto por sus breves ensayos de estética, escritos por el propio Montobbio, como por las imágenes de las pinturas de Lluís Ribas (El Masnou, 1949). Acerca de Els colors del blanc (2009), Santiago Montobbio, de quien Onetti habló maravillas a través del correo postal, señala: - «el blanco encierra todos los posibles colores, los hace nacer y están en él, imprevisibles. Los colores del blanco son las posibilidades que encierra la creación en sí: el blanco de estos colores es el blanco de la creación, el blanco del lienzo o el papel donde se explora, se crea, se funda y se representa. Los colores del blanco son los impredecibles y misteriosos caminos del arte, su pálpito, su latido, su aventura, las posibilidades que contiene y están en nuestro corazón y nuestras manos y sobre él se vuelcan. Entre estos colores del blanco sucede y palpita la vida y la exploración de la misma, la auscultación de sus pulsiones: así este título sugiere todos los posibles senderos que al arte puedan acaecerle y es también una definición y concepción del mismo y una ventana abierta, un horizonte a cumplir y transitar, el emblema de un destino».
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Más información en la página web de Lluís Ribas.
miércoles 8 de abril de 2009
Algunos crímenes de Santa Teresa
"En marzo no apareció ninguna muerta en la ciudad, pero en abril aparecieron dos, con escasos días de diferencia, y también las primeras críticas a la actuación policial, incapaz no sólo de detener la ola (o el goteo incesante) de crímenes sexuales sino también de apresar a los asesinos y devolver la paz y la tranquilidad a una ciudad de natural laborioso. La primera muerta fue hallada en una habitación del hotel Mi Reposo, en el centro de Santa Teresa. Estaba debajo de la cama, envuelta en una sábana, vestida únicamente con un sostén blanco. Según el administrador de Mi Reposo, la habitación de la muerta correspondía a un cliente, de nombre Alejandro Peñalva Brown, que la había alquilado hacía tres días y del que no se tenía noticias. Interrogadas las empleadas de la limpieza y los dos recepcionistas, todos coincidieron en declarar que el mencionado Peñalva Brown sólo se había dejado ver durante el primer día de su estancia en el hotel. Las empleadas de la limpieza, por su parte, juraron que durante el segundo y el tercer día no habían hallado nada debajo de la cama, aunque esto último, según la policía, bien podía ser una añagaza para cubrir la falta de esmero con que limpiaban las habitaciones. En el libro de registro del hotel, la dirección que Peñalva Brown había dejado era de Hermosillo. Avisada la policía de Hermosillo, pronto se descubrió que en aquella dirección el tal Peñalva Brown no había vivido jamás. En los brazos de la muerta, una mujer de aproximadamente treintaicinco años, morena y robusta, había numerosas marcas de pinchazos, por lo que la policía investigó en los ambientes de droga de la ciudad, sin encontrar indicios que llevaran a la identidad del cadáver. Según el forense la muerte se había debido a una sobredosis de cocaína en mal estado. No se descartó que la cocaína se la hubiera suministrado el sospechoso Peñalva Brown ni tampoco el que éste supiera que le estaba dando veneno. Dos semanas después, cuando los esfuerzos se habían volcado en el esclarecimiento del crimen de la segunda desconocida, dos mujeres aparecieron en la comisaría, en donde declararon que conocían a la muerta. Ésta se llamaba Sofía Serrano y había trabajado como obrera en tres maquiladoras y como camarera y últimamente hacía de puta en los baldíos de la colonia Ciudad Nueva, a espaldas del cementerio. No tenía familia en Santa Teresa, sólo algunos amigos, todos pobres, por lo que su cuerpo fue entregado a los alumnos de la facultad de Medicina de la Universidad de Santa Teresa.
- La segunda muerta apareció cerca de un basurero de la colonia Estrella. Había sido violada y estrangulada. Poco después se la identificó como Olga Paredes Pacheco, de veinticinco años, trabajadora en una tienda de ropa de la avenida Real, cerca del centro, soltera, de un metro sesenta de estatura, domiciliada en la calle Hermanos Redondo, en la colonia Rubén Darío, en donde vivía con su hermana menor, Elisa Paredes Pacheco, ambas bien conocidas en el barrio por su simpatía, don de gentes y seriedad. Los padres habían muerto hacía cinco años, primero el padre, de cáncer, y luego la madre, de un ataque al corazón, con un intervalo de apenas dos meses, y Olga se hizo cargo de las responsabilidades de la casa con eficiencia y naturalidad. No se le conocía ningún novio. Su hermana, de veinte años, sí tenía novio, con el que pensaba casarse. El novio de Elisa, un joven abogado recién egresado de la Universidad de Santa Teresa, trabajaba en el bufete de un abogado mercantil muy reputado en la ciudad, y además poseía una coartada para la noche en que se supone Olga fue secuestrada. Muy conmocionado por la muerte de su futura cuñada, durante el interrogatorio (informal) que se le hizo confesó no tener ni la más remota idea de quién podía malquerer a Olga como para llegar al extremo de matarla y se mostró obsesionado por la mala suerte, el destino trágico que, según él, rondaba a la familia de su novia, primero con la muerte de sus padres y luego con la muerte de su hermana. Las pocas amigas de Olga ratificaron lo dicho por su hermana y el joven abogado. Todo el mundo la quería, era una santateresana como quedan pocas, es decir recta, de una sola palabra, honesta y seria. Y además sabía vestir bien, con elegancia y buen gusto. Sobre el gusto en el vestir el forense estuvo de acuerdo y, además, descubrió algo curioso en el cadáver: la falda que llevaba la noche de su muerte y con la que fue encontrada estaba puesta al revés."
martes 7 de abril de 2009
Fobofobia en 2666
- "No existe una sola causa para explicar por qué determinada persona padece de una u otra fobia, ya que no hay una relación uno a uno entre los antecedentes de un paciente y el desarrollo de un trastorno determinado. Por el contrario: las fobias sociales y las específicas pueden tener numerosas causas que confluyen".
"Hay cosas más raras que la sacrofobia, dijo Elvira Campos, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en México y que aquí la religión siempre ha sido un problema, de hecho, yo diría que todos los mexicanos, en el fondo, padecemos de sacrofobia. Piensa, por ejemplo, en un miedo clásico, la gefidrofobia. Es algo que padecen muchas personas. ¿Qué es la gefidrofobia?, dijo Juan de Dios Martínez. Es el miedo a cruzar puentes. Es cierto, yo conocí a un tipo, bueno, en realidad era un niño, que siempre que cruzaba un puente temía que éste se cayera, así que los cruzaba corriendo, lo cual resultaba mucho más peligroso. Es un clásico, dijo Elvira Campos. Otro clásico: la claustrofobia. Miedo a los espacios cerrados. Y otro más: la agorafobia. Miedo a los espacios abiertos. Ésos los conozco, dijo Juan de Dios Martínez. Otro clásico más: la necrofobia. Miedo a los muertos, dijo Juan de Dios Martínez, he conocido gente así. Si trabajas como policía resulta un lastre. También está la hematofobia, miedo a la sangre. Muy cierto, dijo Juan de Dios Martínez. Y la pecatofobia, miedo a cometer pecados. Pero luego hay otros miedos que son más raros. Por ejemplo, la clinofobia. ¿Sabes qué es? Ni idea, dijo Juan de Dios Martínez. Miedo a las camas. ¿Puede alguien tener miedo o aversión a una cama? Pues sí, hay gente que sí. Pero esto se puede atenuar durmiendo en el suelo y no entrando jamás a un dormitorio. Y luego está la tricofobia, que es el miedo al pelo. Un poco más complicado, ¿verdad? Complicadísimo. Hay casos de tricofobia que acaban en suicidio. Y también está la verbofobia, que es el miedo a las palabras. En ese caso lo mejor es quedarse callado, dijo Juan de Dios Martínez. Es un poco más complicado que eso, porque las palabras están en todas partes, incluso en el silencio, que nunca es un silencio total, ¿verdad? Y luego tenemos la vestiofobia, que es el miedo a la ropa. Parece raro pero está mucho más extendido de lo que parece. Y uno relativamente común: la iatrofobia, que es el miedo a los médicos. O la ginefobia, que es el miedo a la mujer y que lo padecen, naturalmente, sólo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. ¿No es un poco exagerado? Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres. No sabría qué decirle, dijo Juan de Dios Martínez. Luego hay dos miedos que en el fondo son muy románticos: la ombrofobia y la talasofobia, que son, respectivamente, el miedo a la lluvia y el miedo al mar. Y otros dos que también tienen algo de románticos: la antofobia, que es el miedo a las flores, y la dendrofobia, que es el miedo a los árboles. Algunos mexicanos padecen ginefobia, dijo Juan de Dios Martínez, pero no todos, no sea usted alarmista. ¿Qué cree usted que es la optofobia?, dijo la directora. Opto, opto, algo relacionado con los ojos, híjole, ¿miedo a los ojos? Aún peor: miedo a abrir los ojos.
En sentido figurado, eso contesta lo que me acaba de decir sobre la ginefobia. En sentido literal, produce trastornos violentos, pérdidas de conocimiento, alucinaciones visuales y auditivas y un comportamiento, por lo general, agresivo. Conozco, no personalmente, claro, dos casos en los que el paciente llegó hasta la automutilación. ¿Se sacó los ojos? Con los dedos, con las uñas, dijo la directora. Sopas, dijo Juan de Dios Martínez. Luego tenemos, por supuesto, la pedifobia, que es el miedo a los niños, y la balistofobia, que es el miedo a las balas. Esa fobia es la mía, dijo Juan de Dios Martínez. Sí, supongo que es de sentido común, dijo la directora. Y otra fobia, ésta en aumento, es la tropofobia, que es el miedo a cambiar de situación o lugar. Que se puede agravar si la tropofobia deviene agirofobia, que es el miedo a las calles o a cruzar una calle. Sin olvidarnos de la cromofobia, que es el miedo a ciertos colores, o la nictofobia, que es el miedo a la noche, o la ergofobia, que es el miedo al trabajo. Un miedo muy extendido es la decidofobia, que es el miedo a tomar decisiones. Y un miedo que empieza recién a extenderse es la antropofobia, que es el miedo a la gente. Algunos indios padecen de forma muy acentuada la astrofobia, que es el miedo a los fenómenos meteorológicos, como truenos, rayos, relámpagos. Pero las peores fobias, a mi entender, son la pantofobia, que es tenerle miedo a todo, y la fobofobia, que es el miedo a los propios miedos. ¿Si usted tuviera que sufrir una de las dos, cuál elegiría? La fobofobia, dijo Juan de Dios Martínez. Tiene sus inconvenientes, piénselo bien, dijo la directora. Entre tenerle miedo a todo y tenerle miedo a mi propio miedo, elijo este último, no se olvide que soy policía y que si le tuviera miedo a todo no podría trabajar. Pero si les tiene miedo a sus miedos su vida se puede convertir en una observación constante del miedo, y si éstos se activan, lo que se produce es un sistema que se alimenta a sí mismo, un rizo del que le resultaría difícil escapar, dijo la directora."
Una pregunta me atormenta esta tarde, una pregunta con tres condicionales: si Bolaño llegó a conocer este Diccionario de fobias, si lo utilizó para esta fóbica parte de 2666 y si, como yo, adolecía de miedo a las fobias, también llamado fobofobia, como se ha dicho ya. Según el diccionario, este tipo de fobia "se define como un persistente, anormal y injustificado miedo a las fobias. Se trata de uno de los miedos irracionales más curiosos, ya que quienes lo padecen temen al miedo en sí mismo. Por eso se conoce la fobofobia como “miedo al miedo”. Los fobofóbicos pueden temer tanto contraer una fobia, como también experimentar un abrumador temor ante la posibilidad de vivir situaciones que despierten su miedo o angustia. La diferencia entre un fobofóbico y una persona saludable es que ante la posibilidad de peligro el primero experimenta una fuerte ansiedad y puede quedar paralizado producto del estrés. El segundo, en cambio, analiza la situación racionalmente, buscando posibles soluciones. Debido a esto, el fóbico es reacio a distanciarse de los lugares considerados “seguros” por él, y esto necesariamente afecta su calidad de vida tanto como su inserción social."
lunes 6 de abril de 2009
Estrella Bolaño
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Hay un pasaje en la novela que ha llamado mi atención porque, supongo, habla de estrellas, algo en lo que últimamente estoy trabajando:
- "Hablo de las estrellas del deporte. Ésas son otra case de estrellas, dijo, y las comparó con las estrellas de cine, aunque precisó que la vida de una estrella del deporte solía ser bastante más corta que la vida de una estrella de cine. La de una estrella del deporte, en el mejor de los casos, solía durar quince años, mientras que la vida de una estrella de cine, también en el mejor de los casos, podía durar cuarenta o cincuenta años si había empezado joven la carrera. Por el contrario, la vida de cualquiera de las estrellas que uno podía contemplar a un lado de la 80, mientras viajaba de Des Moines a Lincoln, solía durar millones de años o bien, en el momento de contemplarla, podía haber muerto hacía ya millones de años y el viajero que la contemplaba ni siquiera lo sospechaba.”
Sobre 2666 he oído de todo. Incluso algunos aseguran sin leerla que se trata de una exageración y acusan a Bolaño de ser un artista. Sin embargo, como también señala Cercas, 2666 «obtuvo el pasado mes de marzo el premio a la mejor novela publicada en 2008 que otorga el Círculo Nacional de Críticos Literarios de Estados Unidos, después de haber cosechado críticas inmejorables y haberse convertido en un auténtico best seller, cosas todas ellas extraordinarias en un país casi blindado frente a la literatura extranjera». Entonces, acaso cabría la posibilidad de hacernos otra pregunta, junto con la de Cercas, relacionada, cómo no, con el fenómeno Bolaño, cuya respuesta se la dejo a los expertos en Literatura anglosajona, que, por cierto, no soy yo uno de ellos: ¿se han publicado tan malas novelas en los Estados Unidos el pasado año como para que 2666 haya cogido tal dimensión o acaso 2666 tiene cuanto se merece? Esperemos, mientras tanto, a llegar al final de libro, pero no a la nota aclaratoria de su albacea.
viernes 3 de abril de 2009
martes 31 de marzo de 2009
Ilegales y clandestinas
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Lo cierto sea que en estas cosas tan singulares, como se suele decir, que cada perro se lama su cipote, gordo y considerable como todos los problemas que nos afectan. Entretanto sigue habiendo mujeres, médicos y ciudadanos que desconocen si delinquen por abortar algo que "no desean", aunque es mejor vivir, como dicen los curas, con "indeseados", pues de estas cosas ellos saben bastante. Las mujeres siguen siendo las verdaderas afectadas de este delicado y, como digo, embarazoso proceso. Las mujeres, saco de la historia sobre el que descargar la ira de Dios, continúan siendo maltratadas y cubiertas de cardenales a los que ninguno podemos llamar “su señoría”. Entre nosotros, la sociedad española, acostumbrada a darse de hostias sagradas en todo cuanto se refiere a causas morales y religiosas juzga sin pensar ni leer apenas nada más que un par de artículos, todo un hito, o aquellos comentarios que sostienen, con gran pedantería, las tesis de los tertulianos que pasean todo su saber por los platós de las televisiones y que no son otra cosa que las de sus partidos políticos. Acaso el alto grado de analfabetismo que “reina” en España, y que nos hace estar a la cola en materia escolar sea la causa de esa costumbre tan rancia de tirar la piedra para comprender después. Las razones que llevan a una mujer a interrumpir su embarazo, incluso dentro de la legalidad, son tan diversas, como que es diversa la condición y el carácter de las personas. Los grupos antiabortistas tratan de hacernos creer que sus imágenes de niños de dos a cuatro años se corresponden con la realidad de una interrupción realizada tanto a fetos con malformaciones físicas como a fetos germinados de una violación o un estupro. No nos engañemos, la interrupción del embarazo antes de las catorce semanas no es comparable al asesinato de un bebé recién nacido o abandonado en mitad de la calle, en la puerta de los conventos o en un cubo de basura. Lo cierto es que las imágenes o argumentos con que tratan de hacernos ver aquellos grupos vinculados a la Santa Iglesia Católica no sólo caen por su propio peso, sino que invalidan, al introducir soldados del Tercer Reich en la argumentación que dice defender la vida, cualquier tipo de diálogo y entendimiento. Ahora bien, una pregunta que habría que hacerse es qué posibilidades legales ofrece la ley de 1985 para las mujeres: permite, en principio, la interrupción del embarazo en tres casos supuestos: violación, malformaciones en el feto y grave peligro para la vida o la salud física y psíquica de la madre. Para el primero de los casos se dan hasta 12 semanas, mientras que para el segundo hasta 22 semanas. La última de ellas es la más controvertida de todas, la que llaman “coladero”, porque al no tener plazos puede abortar cualquier mujer a quien le suponga un peligro dar a luz un niño: económico, de inmadurez, desconocimiento de la identidad del padre, y un largo etcétera que tiene que ver con la supervivencia de la madre y de los padres en perjuicio de la interrupción del feto, algo que lejos de cuanto sostienen ideológicamente los obispos y sus acólitos, no es un ser formado sino un embrión o, como mucho, un feto. En esta polémica del aborto es de ignorantes pensar que estamos hablando de bebés de entre dos y cinco años de edad que miran hacia la cámara con cara de no haber roto un plato en su vida. Y este argumento, junto con el de la fotografía que acompaña a la propaganda repartida en estaciones de metro del aborto (por cierto, muy mal escrita) como un holocausto silenciado, la niña del chaquetón rojo de La lista de Schindler, film de Steven Spilberg, son falacias y solo falacias, pues si así fuera ya entraríamos en un tema mucho más delicado: el del infanticidio, y no el del aborto, que es interrumpir algo antes de que se produzca. Es cierto que la edad de dieciséis años va a dar más problemas que concordia, pero no nos olvidemos de que en materia de legalidad siempre hay errores, como la edad de responsabilidad criminal con la que un menor puede cometer un crimen, contraer matrimonio o incluso ser engañado en el consentimiento sexual, que en España es desde los 13 años. Al menos yo estoy convencido de que con esta nueva Ley de Interrupción del Embarazo se trata fundamentalmente de que las mujeres pasen de ilegales y clandestinas a legales y protegidas. Punto.
sábado 28 de marzo de 2009
Ficción, ficción
El lector atento podría pensar que, para un autor de flamante prestigio y antiguo talento como ha sido Mario Vargas Llosa (1936), un libro como El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara, 2008) no puede aportar ni decir nada nuevo. Ahora bien, toda su obra anterior a La guerra del fin del mundo (1981) está entre las mejores de la literatura universal (parcialmente de acuerdo), pero esto no puede ni debe hacernos pensar que cuanto escribe y publica un autor de reconocimiento universal, atento también a saraos literarios y faraónicas bodas de hijas de presidentes, tiene talento en sus venas.Entre nosotros, el lector que lo hojee, con su portada exquisita y satinada, verá que el libro, como todo libro de vecino, se abre con un índice de lo más soso y aburrido. Aparecen en él cronológicamente ordenados todos los libros y cuentos mejores del narrador uruguayo: "Bienvenido, Bob", La vida breve, "El infierno tan temido", El astillero, y un largo almidonado etcétera. Ahora bien, el lector que llegue hojeando o leyendo al final del libro, lo último resulta más difícil, tendrá que atravesar once capítulos, un toma y daca con el talento verdadero de Onetti y unos agradecimientos donde se explica que el libro no nació para hacerlo coincidir con el centenario del nacimiento de Onetti (1909-2009), sino que es el germen editado de un curso universitario que el peruano dio en el semestre de otoño de 2006, en Georgetown University. Asimismo el lector, una vez llegado al final sin obtener cuanto pagó por el libro, podrá agradecer, no obstante, tanto el índice bibliográfico como el onomástico, colocados sabiamente en el estertor, acaso como epílogo, acaso como demostración del saber erudito (valga la redundancia) a que nos tiene acostumbrados el escritor peruano. La verdad es que estos índices, cuando hay tanto nombre y tanta cita, son muy útiles para hacerse una idea, antes de pasar por caja, de lo que el lector puede encontrarse en el libro. Creo apropiado, por tanto, incluso tenerlos en cuenta también para las novelas.
En conclusión, El viaje a la ficción promete más que enseña. Salvo ese episodio en el que uno se entera de que Onetti era un maestro en el deporte escolar, o que Borges influyó en Onetti (¡Nada más lejos!), todo es pura charlatanería editorial. El viaje a la ficción resulta un libro pesado que no sólo no aporta nada nuevo a las Obras Completas de Vargas Llosa, sino que no tiene ningún interés ni siquiera para aquellos que todavía leemos a Onetti o que empiezan a leerlo. No obstante, lo más llamativo del libro es la piedra-prefacio, una digresión antropológica en torno al origen de los contadores de historias, a los que el muchas veces candidato a Premio Nobel de Literatura llama «habladores machiguengas», sin llegar a nada científicamente probado o sólidamente verídico. Se me ocurre pensar que tal vez El hablador sea una invención onírica más del escritor de La ciudad y los perros, un argumento absurdum que le sirve a él para establecer una analogía entre el silencioso y grandísimo Onetti y los parlanchines machiguengas. Acaso el mundo de la ficción al que se refiere Vargas Llosa sea el de estos "prehistóricos colegas" y no el del autor de El astillero. Todo es probable en la obra de un vendedor de enciclopedias.
miércoles 25 de marzo de 2009
La literatura o la vida
"Entramos, aquí, en una materia delicada que ha dado origen a incontables polémicas y a distorsiones y manipulaciones de las obras literarias en función de la ideología. Desde luego que no es aceptable que una novela o un poema sean considerados meros documentos sociales o políticos, como ocurre con esas lecturas dogmáticas, provenientes del marxismo, que utilizan la literatura para ilustrar las relaciones de producción, la lucha de clases y demás presupuestos teóricos del materialismo histórico. La literatura no es un mero producto de la «superestructura» que refleje la estructura social como un espejo. Por el contrario, es una realidad autónoma, construida con la fantasía y las palabras y a partir de la experiencia de un creador que, aunque comparta de un modo general las vivencias sociales e históricas de su tiempo y sociedad con sus contemporáneos, representa sobre todo una conciencia individual insubordinada en tanto que artista y creador contra el mundo en el que vive, al que, más que describir, trata en su obra de reemplazar, oponiéndole otro, hecho a imagen y semejanza no del mundo real sino de su propia rebeldía o desacato del mundo tal como es. Por eso, en literatura, lo realmente literario de una obra no es lo que ésta refleja en la realidad, sino lo que le añade -quitándole o agregándole- en la ficción: el elemento añadido. El mundo real aparece siempre en la obra literaria -sobre todo en las artísticamente logradas- transformado, deshecho y rehecho con la incorporación de ese «elemento añadido» que es lo específicamente creativo de un texto. Ese nuevo ingrediente no es una proyección de lo existente: es un solapado, metafórico o simbólico testimonio del rechazo o inconformidad que la vida real produce y que lleva a los seres humanos, como a Brausen en La vida breve, a oponerle un mundo de ficción."
lunes 23 de marzo de 2009
Los ríos de la esperanza
(Fotografía: Reina del pop por un día. Corona que araña.)No puedo dejar de traer a la memoria aquel pasaje del conocido libro titulado Esperanza Aguirre. La presidenta, escrito por la periodista Virginia Drake y editado por La Esfera de los Libros (2006), donde la Sobrina de Jaime Gil de Biedma, la Dama Comandante del Imperio Británico, la Condesa y Consorte Murillo y Grande de España, la Prima de Ouka Lele, en suma, la Presidenta de la Comunidad de Madrid y algunos títulos más, decía lo siguiente: "No tener pagas extra me tiene mártir [sic], las he tenido toda mi vida y las echo de menos en Navidad y en verano. No es que haga números a final de mes, ¡es que muchas veces no llego!". Aunque nuestra Presidenta cobre cerca de ¡20.000 euros más que su tan denostado Zapatero! (ya de por sí vergonzoso), no podemos negar que, a fin de cuentas, un río nunca es el mismo, y estamos hablando de un representante del liberalismo clásico que viaja mucho -a la India o en helicóptero, por ejemplo-, que tiene muchos compromisos y que, por lo tanto, necesita mucho dinero para vivir.
Borges escribió en “El Zahir” que el dinero es abstracto, el dinero es tiempo futuro. Efectivamente, sin dinero cuesta mirar el día de mañana, pocas cosas se pueden hacer más que pensar y contemplar la punta del zapato: con el dinero contante y sonante podemos pagar los hospitales públicos, que serán privados en breve tiempo, podemos pagar el agua pública, que será privada en breve tiempo, podemos pagar la universidad pública, que será privada en breve tiempo, podemos pagar la televisión pública, que YA es privada, et caétera, et caétera, et caétera. En efecto, nuestra reina del pop, y ya termino, suele presumir de que se viste de Zara. No puedo evitar hacer un juego de palabras y lanzar una pregunta al mismo viento: ¿Podrá alguien escribir una novela parecida a la de Laurent Weisberger El diablo se viste de Prada con el sugerente título Esperanza se viste de Zara? ¿Será censurado por ello? ¿Hará Garci después una película financiada por Tele Madrid y la Comunidad de Madrid como hizo con Sangre de Mayo o no llegará la sangre al río? Como decía más arriba, no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, y más si éste está lleno de sangre.
miércoles 18 de marzo de 2009
Palomitas de maíz
Por lo demás, como desconfío y me gusta valorar otras opiniones científicas, escribo en San Google “contaminación electromagnética” y, cómo no, en la parte dedicada al “teléfono móvil”, en la que para muchos (no para mí) es la Santa Wikipedia, aparece lo siguiente:
Más información en:
Contaminación electromagnética
No olvidéis echaros un poquito de sal.





