Inútilmente (la historia no demuestra lo contrario) es cosa cierta también la diferencia que, tanto Platón como Aristóteles, distribuyeron con tranquilidad entre sus alumnos y académicos: la monarquía (el gobierno de uno); la aristocracia (el gobierno de pocos); y, finalmente, la democracia (el gobierno de “la multitud” para Platón y “de los más”, para Aristóteles). Algunas veces, sin embargo, entran a saco los militares contra las ciudades y los ciudadanos y entonces allá van leyes do quieren reyes, como se dice, y obtenemos, gracias a Roma, la dictadura, que no es otra cosa que un gobierno de facto. Esto sucede en Operación masacre (451 Editores), la obra de Rodolfo Walsh (1927-1977) que inicia el «Nuevo periodismo».
(Fotografía: Rodolfo Walsh, asesinado por la última dictadura argentina y hecho desaparecer.)Para quien no lo sepa, el libro cuenta la masacre clandestina de opositores contra el régimen militar argentino de entonces. Y como esto de hoy trata de leyes, diré que, entre otras cosas, lo que prueba este libro es que se detuvo a un grupo de hombres antes de entrar en vigencia la ley marcial, sin instruirles proceso alguno, sin averiguarse quiénes eran, ni dictarles sentencia que los acusara de algo, y se los masacró en un descampado que dio lugar a los llamados «fusilamientos de José León Suárez». Ahora bien, desafortunadamente para los ejecutores, pero “por suerte” para los sobrevivientes, siete de aquellos doce hombres inocentes lograron escapar con mayor o menor fortuna. Algunos se escondieron en la embajada boliviana, otro desapareció durante cuatro meses en un sótano; mientras que Juan Carlos Livraga, uno de los protagonistas, sobrevivió al fusilamiento, a pesar de los dos tiros que le atravesaron la cara y ser llevado al hospital, de donde los asesinos lo volvieron a secuestrar y a encerrar en un calabazo, desnudo, para que se muriera de hambre, de frío o por las infecciones de sus heridas, para poder denunciar los hechos. De este modo Livraga sobrevivió una vez más, ya en compañía de Giunta, el último huido, y luego otra más, hasta arrimarse al oído de Walsh, una noche de ajedrez y tabaco, y decirle aquello de «Hay un fusilado que vive».
Que el texto se Walsh sea más o menos ficticio importa poco, porque con su escritura pudo conseguir algunas cosas importantes:
- “Fue una victoria llegar al esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores, hasta inverosímiles, casi sin más ayuda que la de una muchacha y unos pocos hombres acosados que eran las víctimas. Fue una victoria sobreponerme al miedo que, al principio, sobre todo, me atacaba con alguna intensidad, y conseguir que ellos se sobrepusieran, aunque ellos tenían una experiencia del miedo que yo nunca podré igualar.”
Pero, a pesar del miedo y los esfuerzos, no pudo conseguir:
- “Pretendía que, a esos hombres que murieron, cualquier gobierno de este país les reconociera que la justicia de este país los mató por error, por estupidez, por ceguera, por lo que sea. Yo sé que a ellos no les importa, a los muertos. Pero había una cuestión de decencia, no sé cómo decirlo. Pretendía que, a los que se salvaron -Livraga desfigurado a tiros; Giunta casi enloquecido; Di Chiano escondido en un sótano; a los otros, desterrados-, cualquier autoridad, cualquier institución, cualquier cosa respetable de este país civilizado, les reconociera, siquiera con palabras, aquí donde las palabras son tan fáciles, donde no cuestan nada las palabras, que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen.”
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