lunes 7 de septiembre de 2009

La literatura como "bluff" (1)

"A partir del momento en que un nombre alcanza determinado grado de celebridad, a partir del momento en que la voz pública empieza a meternos por los oídos con determinada frecuencia ese nombre, las cosas empiezan a estar menos claras. Para empezar, el hecho de que me propongan, al azar de la conversación, diez veces al día un apellido o una obra «importante» de nuestros días, que en el fondo me importan un bledo, y que en todas esas ocasiones me vea obligado a una reacción más o menos fingida (porque, claro, hay que ser educado), basta con ese hecho para imponerme, a fin de cuentas y mal que me pese, cuando menos la acuciante sensación de que ese apellido o esa obra existen: algo comestible deben de tener si diez veces al día no me dejan más remedio que portarme como si me apetecieran. Desde cierto punto de vista, no deja de ser, para un escritor, síntoma de gran éxito el lograr, a fuerza de reiterar un estímulo, por muy débil que sea, que se dé en el público ese reflejo condicionado. Lo queramos o no, esa suerte de nimbo que rodea a una obra tan celebrada nos obliga a proyectar tras el vacío que abarca algo semejante a una presencia más o menos mágica, algo incognoscible, pero prestigioso, de la misma forma que una mujer a la que admitimos no encontrarle «nada de particular», pero que sabemos que ha inspirado grandes pasiones, nos coloca, a lo que nos parece, en un estado no de superioridad crítica, sino, más bien, de indignidad transitoria; notamos por instinto que aquel a quien le gusta algo lo ve con mayor acierto y, también de forma instintiva, damos crédito a la sinceridad de una admiración que nos resulta ajena (…) Al final, acabamos por ceder; existen, en literatura, plazas envidiables que se reparten lo mismo que esas carteras ministeriales que van a dar a manos de candidatos que no tienen más méritos para ello que el hecho de «estar siempre ahí» (…) Tengamos el valor de admitir que lo que hace que una obra «cuente», como suele decirse, para nosotros es a veces –es también– la cantidad de votos que suma y que aseguramos con excesiva docilidad basándonos en la intensidad de una campaña electoral que nunca cesa."

5 comentarios:

Maite dijo...

Publicado por Mateo de Paz, escrito por Julien Gracq y traducido por alguien, supongo, ya que Gracq nunca escribió en castellano.

BLANCO dijo...

Los números "cuentan" las letras. Hay que escarbar en las matemáticas del marketing para encontrar las letras que no cuentan. Gran blog el tuyo. Saludos.

Dillinger dijo...

Muy chulo el texto. Muy chulo. Chulísimo.

Saludos de Dillinger.

Santi el de Los Divagues dijo...

Y sí, estaba pensando en las pinturas negras de Goya que parece que no eran de Goya pero nos gustaban porque eran de Goya y ahora qué hacemos con nuestra idiotez.
Solamente nos queda decir que igual nos gustan porque son buenas independientemente del autor porque de alguna manera tenemos que salvar el orgullo.
¿Leíste "Las barbas en remojo", de Julián Argüello?
Yo tampoco. Es que no existen ni el libro ni el autor, ya que los acabo de inventar. Pero estoy seguro de que si lo cito en el blog, varios van a salir a buscarlo. Y otros varios van a decir que sí lo leyeron...

Tarántula dijo...

El nombre de Julián Arguello me parece chulísimo, como dice Dillinger. He leído cada basura editada por Alfaguara, me ha dado clase cada mediocre, y pienso en los miles, millones que no pueden salir a flote porque su barco no los ubicó a bordo, se quedarían entonces (esos miles que no conozco) en el puerto, con la lágrima incipiente a punto de derramarse, preguntándose si eso era lo de ellos y entonces la verdad oculta bajo las rocas profundas de un viaje al centro de la tierra sabe que sí era lo de ellos, mientras el barco se aleja y al fin la lágrima se derrama en silencio.